Caleta Chañaral de Aceituno es sitio clave de alimentación para tres especies de ballenas

Hasta quince ballenas juntas de distintas especies es posible ver durante el verano en las aguas en torno a la caleta Chañaral de Aceituno, casi en el límite de las regiones de Atacama y Coquimbo.

Por mucho tiempo se pensó que era un lugar de paso en sus rutas migratorias, pero un reciente estudio de la Universidad de Valparaíso revela que en realidad estas aguas constituyen un importante centro de alimentación para estos mamíferos marinos.

Según la bióloga marina de la Facultad de Ciencias de la U. de Valparaíso, Maritza Sepúlveda, se trata de una situación bastante parecida a la del golfo de Corcovado, con la diferencia que allí hay mayoritariamente presencia de ballena azul, la mayor de todas. En Chañaral de Aceituno, en cambio, se concentran tres especies: la misma azul, la jorobada y la ballena fin o ballena de aleta, que es la segunda más grande del planeta. En ocasiones también se avistan la fin y la minke.

Llegan allí por la existencia de grandes cardúmenes de krill. «Es habitual ver los manchones que forman y a las ballenas alimentándose de ellos», cuenta Sepúlveda.

Gracias a seguimientos con transmisores satelitales, pudieron comprobar que la presencia de algunas especies como la fin es más prolongada de lo que se había estimado.

«Descubrimos que de seis ballenas que marcamos, cinco permanecieron en la zona y solo una viajó hacia el sur. La transmisión que más duró se prolongó por cinco meses, porque la marcamos a principios de diciembre y hasta abril todavía permanecía en el área entre Chañaral de Aceituno y Coquimbo».

Y agrega: «Si bien solo se trató de pocos animales esto sugiere que al menos una fracción de la población que frecuenta la caleta puede permanecer alimentándose por meses sin tener que hacer migraciones hacia el sur».

La presencia prolongada también ha sido ratificada mediante fotoidentificación en otro estudio realizado en conjunto por la U. de Valparaíso y la investigadora María José Pérez, del Centro de Investigación Eutropia.

Es así como las imágenes revelan que algunas ballenas de distintas especies se han visto hasta por dos años consecutivos. En el caso de los delfines la permanencia es aún mayor, ya que existen individuos que han permanecido en la misma zona entre Chañaral de Aceituno y Punta Choros desde los años noventa. «Son lo que se denomina los delfines residentes, ya que prácticamente viven allí». En el caso de las ballenas hay algunas que se han visto por lo menos dos años consecutivos.

Más biodiversidad

Otra de las ventajas de la caleta Chañaral de Aceituno respecto de otros sitios de alimentación para ballenas en la costa de Chile es su clima, dice la especialista. «Es muy bueno durante todo el año, mientras que en la zona austral solo mejora en el verano».

Maritza Sepúlveda destaca que en la caleta Chañaral de Aceituno -desde donde se accede a las islas que forman la reserva nacional Pingüino de Humboldt y en cuyo entorno se han creado dos reservas marinas-, en términos de diversidad es incluso más variada que Península Valdés, el sitio de observación de ballenas más conocido del hemisferio sur, que se encuentra en Argentina.

Esto, porque aparte de los mamíferos marinos hay al menos dos especies de lobos marinos, chungungos, aves marinas como albatros y petreles, y también especies más exóticas.

Por eso cada año llegan más visitantes atraídos por su riqueza natural. Para prevenir accidentes existe un reglamento de observación de cetáceos que impide acercarse a menos de cien metros, pero a veces son las mismas ballenas o delfines los que se aproximan a las embarcaciones.

Uno de los misterios todavía no resueltos es el lugar de reproducción de las ballenas. «Pese a ser animales tan grandes no tenemos idea de adónde van. Hay un estudio que muestra que se han visto concentraciones de ballenas fin mar afuera, cerca de las Galápagos, y también de ballena azul, pero en realidad no se sabe», dice Sepúlveda.

Publicado en El Mercurio 

 

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