Espectacular monitoreo de ballenas azules se desarrolla en el golfo Corcovado

¡Está acá al lado!, grita el biólogo Gustavo Chiang a su equipo. Chiang está en la cubierta del «Khronos» y distingue en el mar el grisáceo lomo de una ballena azul ( Balaenoptera musculus ) aflorando sobre las aguas.

Chiang y los demás científicos navegan por el golfo Corcovado frente a Chaitén (Región de Los Lagos) tras la pista de los mismos cetáceos que dos días antes observaron en un sobrevuelo de reconocimiento.

Este es el tercer año que la Fundación Meri -una iniciativa privada que busca promover la conservación de la biodiversidad, el patrimonio natural y cultural del norte de la Patagonia- realiza esta travesía para estudiar a estos imponentes animales, y Chiang es su líder. «La ballena está a menos de 100 metros de nosotros», informa por intercomunicador a los científicos estadounidenses y escoceses del equipo, que llevan horas en un zódiac tratando de marcar a uno de los ejemplares, hasta ese momento sin éxito.

El ejemplar tiene entre 22 y 24 metros, es decir, uno de los grandes, pero desconocen si es hembra o macho. «Es imposible saberlo desde aquí porque no tienen caracteres sexuales secundarios a la vista», explica Chiang a «El Mercurio». «Esta parece andar sola, pero hay otras dando vueltas por aquí, algunas bucean por 15 minutos, otras por menos y repentinamente aparecen al lado de uno. El agua no es muy clara, por lo que no se puede ver bien si están debajo o no», agrega.

El zódiac pasa veloz al lado de la embarcación con los científicos esperanzados de poder interceptar y etiquetar al cetáceo.

«Hoy hemos encontrado entre seis y siete ballenas, y las hemos estado persiguiendo sin mucho éxito para marcarlas. Pero mientras tengamos luz vamos a seguir intentándolo». Es la tarde del jueves y apenas llevan un día de los 15 que contempla la expedición. El año pasado duró un mes, pero los primeros días el tiempo no los acompañó, en cambio ahora encontraron ballenas de inmediato.

«Queremos saber por qué vienen estos animales acá, de qué se están alimentando y la interacción que se produce entre ellos», explica el científico, quien comenzó a trabajar con las ballenas del área en 2012 cuando instalaron durante más de un año unas boyas que registraron el sonido de estos animales.

Los datos todavía están bajo análisis, pero ya han podido determinar que si bien muchas de las ballenas que llegan a Corcovado migran en invierno hacia el norte, unas pocas se quedan todo el año. Son como una población local.

Los dispositivos biomecánicos (DTAG) que quieren insertar en las ballenas les ayudarán a entender lo que ocurre con ellas debajo del agua, ya que llevan acelerómetros (el mismo instrumento que tienen los celulares), lo que les permitirá modelar en 3D sus desplazamientos. Así sabrán, por ejemplo, cuán profundo llegan, cómo interactúan entre sí y que áreas prefieren, lo que también les hará posible hacer modelaciones para determinar el gasto de energía que realizan al nadar, socializar y alimentarse.

El DTAG posee unas ventosas con las que se adhiere a la piel de la ballena sin causarle daño alguno, y se desprende automáticamente luego de su programación.

La campaña también contempla análisis moleculares para ver la diversidad genética que presentan (y determinar así si se trata de una subespecie) y acústicos para ver cómo se comunican entre ellas.

En paralelo arrojarán una ecosonda para determinar el tipo de alimento que están consumiendo. El jueves, por ejemplo, detectaron una rica presencia de zooplancton y de peces a una profundidad de 90 metros. Pero apenas están comenzando.

Publicado en El Mercurio 

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